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Publicado el

25 de Agosto de 2017
Foto: Bajo licencia creative commons / Flickr Universidad de Navarra
Foto: Bajo licencia creative commons / Flickr Universidad de Navarra

 

 

La cifra es parte de una investigación encabezada por experta en nutrición de la U. del Desarrollo que encuestó durante cuatro años a 9.460 jóvenes

¿Cómo se están alimentando los jóvenes universitarios? ¿Qué tan saludable es la dieta que llevan? La respuesta no es alentadora: apenas el 9,3% se alimenta o tiene una dieta considerada “saludable”.

La cifra es parte de los resultados de una reciente investigación publicada en la Revista Chilena de Nutrición, en la que se encuestó a 9.460 jóvenes estudiantes entre los 17 y 29 años, de 54 planteles universitarios e institutos profesionales de 11 regiones del país. La medición realizada entre 2010 y 2013, arroja, además, que el 35,4% es definitivamente poco saludable y el 55,3% requiere cambios en su alimentación.

Rinat Ratner, directora de Nutrición y Dietética de la Facultad de Medicina Clínica Alemana-Universidad del Desarrollo, y que encabezó la investigación, explica que desarrollar un índice que mida la alimentación de los estudiantes universitarios es una forma de hacer un screening para saber cómo están comiendo y en qué hacer énfasis a la hora de educarlos y ayudarlos a elegir sus alimentos.

Las preguntas de la encuesta fueron construidas en base a las Guías de Alimentación del Ministerio de Salud y según cumplieran o no con ellas se les asignaba un puntaje que finalmente los ubicó en una de las tres categorías.

Según explica la nutricionista, la investigación midió qué tanto incorporaban a su dieta alimentos saludables, como frutas, verduras, lácteos, legumbres y pescados; los no saludables, como pasteles, galletas, dulces, bebidas con azúcar, frituras, y la frecuencia con que tomaban desayuno, almorzaban y cenaban.

“La alimentación no fue buena en ninguno de los grupos. Los estudiantes del sur fueron los que peores resultados tuvieron. Un 41,2% son poco saludables. En ellos, los hábitos y costumbres, el poco acceso a frutas y verduras, podrían explicar su condición”, señala Ratner

“Lo otro que llama la atención es que mientras más jóvenes, peor se alimentan. A mayor edad, el índice de calidad tiende a mejorar un poco. Esto tiene que ver con la conciencia que van adquiriendo sobre su salud. Los jóvenes tienden a comer mucha comida rápida, frituras y van ganando peso. Con el tiempo se van dando cuenta de los efectos de la alimentación sobre su salud y condición física y realizan algunos cambios. A los 25 o 29 años se alimentan un poco mejor”

Ana Claudia Villarroel, nutrióloga de Clínica Santa María, señala que en estos jóvenes la mala alimentación a esta edad tiene un riesgo inmediato no solo de aumentar de peso, porque come más carbohidratos y realiza menos ejercicios, sino porque, además, ya están saliendo del período de la adolescencia y no tienen el mismo gasto calórico que tenían cuando están creciendo. A esto se suma el mayor riesgo de síndrome metabólico, como resistencia a la insulina, colesterol alto, hipertensión, hígado graso, diabetes tipo 2, todas estas enfermedades, dice Villarroel, pueden aparecer cuando hay una mala alimentación y, sobre todo, cuando además provienen de una familia donde estas afecciones están presentes. “Si alguna de estas condiciones aparece en esta época, las complicaciones asociadas también aparecerán antes, cuando todavía estén en edad productiva desde el punto de vista laboral y con una clara disminución de su calidad de vida”, dice la especialista

Rander, también asesora del programa Vivir Bien, de Sodexo, agrega que “aquellos estudiantes que no desayunan o no almuerzan, además ven afectada su capacidad de concentración, memoria y velocidad para procesar información”.

Mujeres

En el caso de las mujeres, las enfermedades asociadas a una alimentación poco saludable, como la resistencia a la insulina y el ovario poliquístico, influyen directamente en su fertilidad. Incluso, si se embaraza, repercute también en la salud de sus futuros hijos. “Una mujer que se embaraza con sobrepeso, obesidad, resistencia a la insulina y no cambia sus hábitos, provoca una reprogramación intrauterina a esa guagua, la que ya está expuesta a cambios epigenéticos desde el útero. Entonces nacen bebes probablemente con sobrepeso o macrosómicos, que son niños que desde el nacimiento pueden tener alteraciones metabólicas que determinen una menor calidad de vida”.

 
Publicado en: 
Cecilia Yañez / La Tercera