Publicado el

10 de Agosto de 2016

Atrapar a las criaturas virtuales es la excusa perfecta para ir al parque con los niños, fomentar lazos y perderse por las calles mientras no solo se observan desde otra perspectiva los edificios patrimoniales, sino también se interactúa con otros, muchos patrimonios vivos del país. 

Hablar de pokémones, pokébolas y poképaradas se volvió una moda en Chile. Hace justo una semana se habilitó la descarga de Pokémon Go en el país y con ello calles, plazas y ciudades se llenaron de jugadores de todas las edades, tratando de atrapar a los esquivos "monstruos de bolsillo".

Según Randy Nelson, analista jefe de Movilidad en Sensor Tower -empresa especializada en mediciones en la industria móvil-, hasta ayer, el juego llevaba 1,5 millones de descargas. "Para ponerlo en perspectiva, otro juego popular en Chile como es Clash Royale ha sido descargado 750 mil veces desde su lanzamiento en el país, en marzo pasado".

Con este nivel de popularidad, para muchos adultos será difícil mantenerse al margen, y por eso algunos padres ya lo aprovechan para salir por el barrio y conocer lugares emblemáticos de la ciudad; o para acercarse a sus hijos desde sus propios intereses, por ejemplo.

Así lo hizo Andrés Arcuch con su hijo Manuel, de casi 4 años. "El sábado nos levantamos temprano y fuimos al parque. Antes le expliqué que era importante que siempre anduviéramos de la mano y juntos. Recorrimos un gran trayecto y él me preguntaba sobre los lugares que eran poképaradas; lo pasamos muy bien".

Para Andrés, el juego ha sido una buena excusa para pasar tiempo de calidad con su hijo. "Ayer me llamó por primera vez al trabajo para preguntarme a qué hora iba a estar en la casa para salir a buscar pokémones".

Salir a explorar

Además de ser una instancia que puede ayudar a fortalecer lazos, "un aspecto positivo de este juego es que combina la forma en que los niños interactúan con el mundo (a través de las redes sociales y la realidad aumentada), con su entorno real; los saca del encierro y aislamiento que se les critica a otros juegos similares", comenta Ximena Rojas, psicóloga infanto-juvenil de la U. San Sebastián.

Salir de la casa implica movimiento, y en una sociedad donde el sedentarismo impera a gran escala, esto puede traer beneficios.

"De todos los videojuegos que mi hija Martina (10) disfruta, este ha sido el mejor. Ella era de las que se pasaba la tarde entera viendo videos en YouTube de gente jugando Minecraft. Pero este juego es diferente, le dan ganas de salir, conversamos cuando vamos en busca de las poképaradas y yo le cuento sobre los pokémones, porque yo veía la serie cuando era chica", cuenta Bernardita Orellana.

Cada una sale con su propio celular y lo han hecho día por medio. El domingo el trayecto fue más largo. "A mí me gusta caminar mucho, a ella no tanto, pero ahora ni siente lo mucho que recorremos", agrega.

Por sus características técnicas, Pokémon Go incentiva el caminar largos trechos o salir en bicicleta, generando actividad física.

"Al igual que como ha ocurrido con algunas consolas o videojuegos que estimulan el movimiento emulando deportes o bailes, una ventaja de este juego es que requiere la participación activa del jugador", dice el doctor Edson Zafra, especialista en medicina deportiva y académico de la Escuela de Kinesiología de la U. Santo Tomás.

Así, niños y adolescentes que solían estar sentados frente a una pantalla ahora tienen la opción de jugar caminando por la ciudad. "Esto puede contribuir, idealmente, a generar una cultura de la actividad física que se mantenga en el tiempo", agrega.

Lo importante, precisa, es establecer pausas -para evitar problemas posturales, como andar con la cabeza o los hombros agachados mucho tiempo, por ejemplo-, y tratar de combinar con otras actividades físicas, "para tener una base aeróbica que permita caminar grandes distancias sin mayores riesgos".

Dosificar su uso también puede ayudar a reducir la ansiedad que puede generar en algunos niños. "Como cualquier otro juego, puede producir estrés y el riesgo de que se transforme en vicio -precisa la psicóloga-. El problema no es el juego, sino el cómo y cuánto se usa, y para eso hay que fijar límites".

Junto con estimular la actividad física, la aplicación también entrega oportunidades educativas importantes.

"No hay que cerrarles la puerta a las cosas que motivan a los niños, sino más bien pensar cómo podemos aprovecharlas en otras áreas. En este caso, el potencial para conocer más sobre el patrimonio es enorme", dice Magdalena Piñera, directora ejecutiva de Fundación Futuro.

Por patrimonio, la historiadora se refiere no solo a monumentos como La Moneda, el Museo Histórico Nacional o la Intendencia de Santiago -todas poképaradas-, sino a las personas que por ahí circulan. "Los jubilados, la colonia peruana o los organilleros alrededor de la Catedral son parte de nuestro patrimonio vivo", explica.

El tesoro escondido

Los paseos también son útiles para formar una mirada estética. Para eso no es necesario ser un especialista; basta con ir haciendo preguntas a medida que se avanza en el recorrido: dónde estamos, desde cuándo estarán estos edificios acá o por qué gustan más unos que otros.

"Es probable que mientras capturan pokémones en la fachada de un museo, muchas familias se den cuenta de que son gratis. Y eso de pensar que pertenecen a unos pocos se va dejando de lado", agrega Piñera.

Aunque la aplicación no posee un fin educativo de por sí, papás y profesores pueden intencionarla para que así sea, dice Hugo Martínez, director pedagógico de Colegium, compañía enfocada en desarrollar soluciones tecnológicas para establecimientos escolares.

"Es una especie de tesoro escondido moderno, por lo que entrega oportunidades interesantes en cuanto a entender de puntos cardinales o estimaciones de distancia. Se pueden generar desafíos en el que haya que planificar cuál es la ruta más eficiente para encontrar poképaradas desde un punto específico", ejemplifica.

Foto: Bajo licencia Creative Commons/ https://www.flickr.com/photos/edowoo

Publicado en: 
El Mercurio por M. Cordano, C. González y A. Ibarra