Publicado el

30 de Enero de 2017
Bajo licencia Creative Commons / www.ntn24.com
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Catalina (15), Ignacia (13) y Agustín (11) habían tomado antes una clase de surf en el norte del país, pero jamás se habían enfrentado a las míticas olas de Pichilemu (VI Región). Hasta la semana pasada, que realizaron un curso mientras se encontraban ahí de vacaciones junto a su papá, Luis Campos.

"No es fácil encontrar una actividad que les guste a los tres, pero con esta quedaron fascinados. Ahora son fanáticos", cuenta Luis, quien fue testigo de cómo sus hijos superaron sus miedos y a la vez se entretuvieron con este deporte. "Tomaron un par de clases y yo me sumé en la última. Fue bien entretenido porque estábamos en igualdad de condiciones, ellos incluso sabían más que yo", agrega.

Cada vez se ven más niños en las playas del país aprendiendo a surfear, acarreando tablas y sobre las olas, afirma Rodrigo Arriagada, director de la Escuela de Surf Infiernillo, también ubicada en Pichilemu.

"He visto cómo aumenta la cantidad de niños interesados en el surf. Constantemente tengo que comprar más equipos para ellos, como trajes y botines", dice Arriagada. Se trata de una actividad que los relaja, agrega Arriagada, porque al realizarla gastan mucha energía. En su escuela las clases parten desde los cuatro años. Las grupales tienen un valor de $12.000, aunque también ofrecen programas gratuitos para niños de escasos recursos y con capacidades diferentes.

Vida sana

Los beneficios que pueden obtener los más chicos con la práctica de este deporte son múltiples, cuenta Sabrina Bayeto, surfista y coordinadora de la Escuela de Surf del Hotel Surazo de Matanzas, donde las clases cuestan entre $10.000 y $15.000 aproximadamente.

"Es un deporte bien completo, donde se trabaja la musculatura de casi todo el cuerpo, sobre todo de los brazos, espalda y piernas", dice Bayeto. "También se perfecciona la coordinación de los movimientos y el equilibrio", agrega.

Luis Campos, vio cómo sus hijos desarrollaban la perseverancia al intentar una y otra vez dominar la tabla. "Se caían al agua y se paraban una y otra vez para volver a agarrar una ola", cuenta.

El compañerismo es otro de los valores que aprenden los niños con este deporte; el mar es una buena instancia para hacer nuevos amigos, dice Arriagada. "En el agua se dan ánimo y se felicitan. Si ven una buena ola también se la ceden", cuenta el instructor.

"A través del surf puedes plantar una semillita en los niños que les inculca un estilo de vida saludable en torno al deporte", afirma Bayeto. En las clases que ella coordina, no solo se aprende a surfear. También se hacen caminatas en busca de aves, donde recogen la basura que encuentran a su paso y posteriormente la reciclan, aprovechando de limpiar la costa. "Ellos ya tienen incorporado el chip de que cuando ven una botella o lata de bebida tirada la deben recoger porque no debe estar ahí".

Publicado en: 
Andrea Manuschevich, El Mercurio