Publicado el

16 de Enero de 2017

Temática

Bajo licencia Creative Commons / www.tcktcktck.org
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Lo primero que hace Sebastián Jordana (32) al abrir los ojos en la mañana es lo mismo que hace antes de cerrarlos en la noche: revisar su celular. Ya se ha vuelto rutina, al empezar y terminar el día, darse un tiempo para chequear los mensajes del correo electrónico, las últimas novedades en Facebook e Instagram o distraerse por unos minutos con algún juego.

"Sí, uso harto el teléfono, principalmente para trabajar. Estoy constantemente pegado y es mi computador portátil cuando salgo de la oficina", cuenta Sebastián, a cargo del área digital de la agencia Parla.

No se considera adicto al teléfono inteligente. Esas son palabras mayores, dice, aunque reconoce que su señora le ha pedido bajar la dosis de conexión.

"En mi círculo de amigos son todos bastante pegados al celular. Siempre hay uno que nos alega, y está bien, porque te das cuenta que nos juntamos y hay minutos de silencio donde nadie habla porque están todos en los teléfonos. Por eso a veces decidimos juntarlos todos y dejarlos a un lado".

Pactar normas

En esta sociedad ultraconectada, es habitual dejar el teléfono sobre la mesa cuando se come, chatear mientras se maneja y que los niños hagan una pataleta porque sus padres no les pasan el celular para ver videos o jugar.

"La tecnología en sí misma no es negativa, de hecho nos permite comunicarnos con quienes están lejos o con los que no hablamos hace tiempo. Pero nos encontramos en un momento en el que, o nos replanteamos cómo la estamos usando o vamos a terminar cada uno aislado en su propio mundo", advierte Paula Dagnino, psicóloga e investigadora del Instituto Milenio para la Investigación en Depresión y Personalidad (MIDAP).

El uso constante del teléfono cuando se está con otros genera una desconexión entre ellas, lo que deteriora las relaciones interpersonales, advierten los especialistas.

"Si hablo con una amiga todo el día por WhatsApp, probablemente no me van a dar tantas ganas de verla en persona. Puede parecer que estoy muy presente en su vida, pero es una relación mucho más superficial", agrega Dominique Karahanian, psicóloga y académica de la U. Mayor.

Actualmente, no se han acordado las normas de uso de los dispositivos y según advierten las especialistas, ya es necesario hacerlo.

"Como padres debemos supervisar las horas que nuestros hijos usan el teléfono y predicar con el ejemplo. Debemos tener mayor conciencia de cuánto rato estamos mirando la pantalla y dejando de compartir con ellos", afirma Dagnino, docente de la Universidad Gabriela Mistral.

"Cada uno debe hacer la reflexión y ponerse límites a sí mismo y al resto. Es recomendable hablar de este tema con la pareja y también con los amigos y llegar a acuerdos. Por ejemplo, si se sale a comer, se guarda el teléfono y solo se responden las llamadas", propone Karahanian.

El problema, según Benjamín Reyes, académico de la Escuela de Psicología de la Universidad de los Andes, está en que la sociedad funciona en línea, lo que permite una comunicación instantánea. "Asumimos que el otro nos tiene que responder inmediatamente, y si queremos desconectarnos un rato, el celular se colapsa de mensajes. La decisión no tiene que ver solo con nosotros, sino que también con el resto", explica.

"El celular puede ser muy estimulante, por lo que también está el desafío de buscar actividades que sean incompatibles con este dispositivo y que así no implique un esfuerzo tan grande desconectarse. Por ejemplo, subir un cerro en familia o andar en bicicleta", aconseja Reyes.

Por último, el especialista reflexiona sobre la importancia de mantener la práctica de hablar sobre ciertas cosas cara a cara y no a través de un mensaje o usando un emoji. Eso es vital para no atrofiar ciertas estrategias sociales. "Vale la pena expresar cariño, enojo, pedir perdón y decir cosas que nos dan vergüenza hablando en persona, porque si no, la habilidad de comunicarnos y cuidar nuestro lenguaje, verbal y no verbal, se pierde".

Publicado en: 
Andrea Manuschevich, El Mercurio