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Publicado el

17 de Mayo de 2016
Foto: Bajo licencia Creative Commons / www.libredelacteos.com
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Hace algunos años, a Francisca Astorga (25) le diagnosticaron resistencia a la insulina, por lo que se vio obligada a hacer dieta para bajar de peso y regular su nivel de glicemia. "Se me hizo muy difícil porque me quitaron la mayoría de los alimentos que amaba. Salía a comer con mi papás o a carretear con mis amigas y no podía comer nada", recuerda.

Aburrida de ingerir siempre los mismos alimentos -pan pita, jamón de pavo, lechuga, palta y apio-, reconoce que se irritaba y que solo quería que la dieta llegara a su fin.

"Hay que tratar de controlar la ira. Una vez reté a mi pololo porque invitó a amigos a la casa y pidieron pizza y no me avisó. Tuve que ver a todos comiendo, sentir el olor y yo ahí, amargada con mi plato de ensalada", cuenta entre risas.

Prohibirle a una persona sus alimentos favoritos puede ser cosa seria, ya que al comenzar una dieta es bastante frecuente experimentar cambios de ánimo, explica Paola Negrón, nutrióloga de la Red de Salud UC Christus. "Es común que los pacientes o un familiar te digan que están ladrando y que andan más enojones". Sobre todo cuando es alta la restricción de hidratos de carbono, como azúcar, cereales, pan, arroz, papas y tallarines.

"Reducir estos alimentos altera la secreción de la serotonina, un neurotransmisor relacionado con el manejo de la ansiedad y el estado de ánimo. Las personas suelen ponerse más ansiosas, irritables, disminuyen su buen humor y la sensación de disfrute", explica la especialista.

Existe una relación bidireccional entre comer y el estado de ánimo, según Jaime Silva, psicólogo del Programa Vivir Liviano de Clínica Alemana. "El ánimo influye en lo que uno come y viceversa. Si la dieta está mal hecha y carece de una nutrición adecuada, por ejemplo con insuficiencia de vitamina C, se produce fatiga, lo que va de la mano de la irritabilidad y hace que uno ande cansado y se sienta con poca fuerza física, lo que muchas veces lleva a que el paciente rompa la dieta y la abandone".

Restringir de manera importante la cantidad de calorías también aumenta la respuesta del organismo al estrés, ya que está ingiriendo menos alimento de lo que está acostumbrado. "Se liberan ciertas hormonas relacionadas con el estrés, como el cortisol, que hace que las personas anden más irritables", explica Miguel Prieto, psiquiatra y docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de los Andes.

Para controlarse

El mal humor de las personas que están haciendo dieta tiende a desaparecer después de las primeras semanas, cuando el cuerpo logra adaptarse a los cambios de alimentación y ya se empiezan a notar los resultados. Para reducir los malos ratos antes de alcanzar esa etapa, aquí van algunas sugerencias.

"La actividad física ayuda a mejorar el estado anímico del paciente, aunque siempre hay que ir controlando si la dieta es muy estricta y cómo reacciona a ella", aconseja Negrón.

Por otro lado, el apoyo de la familia y amigos también es fundamental. "No puede ser que la persona a dieta esté comiendo ensalada y todo el resto papas fritas y pasteles, porque se va a molestar. No significa que todos tengan que restringirse, pero sí podrían adoptar una dieta más sana", agrega la nutrióloga.

Realizar actividades, como un hobby,  que distraigan y relajen también ayuda a manejar el nivel de estrés. "Puede ser algo simple, como tejer o dar un paseo. Pero para que funcione tiene que practicarse al menos dos veces por semana", advierte Silva.

Publicado en: 
El Mercurio por Andrea Manuschevich