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Publicado el

06 de Febrero de 2016

Temática

Foto: Jil Enders / El Mercurio
Foto: Jil Enders / El Mercurio

La alemana Giulia Enders tenía 17 años cuando una pequeña herida apareció en su pierna derecha sin motivo alguno. A pesar de que una doctora le recetó una pomada, a las tres semanas las llagas se multiplicaron en sus dos piernas, además de sus brazos y espalda. Fue diagnosticada con una dermatitis severa y, en paralelo, decidió indagar por su cuenta sobre el origen de sus males. "Cuando leí acerca del intestino, me sorprendió que era mucho más limpio de lo que pensaba: siete de sus aproximadamente ocho metros no tienen nada que ver con las heces, y la mayor parte del tiempo está limpio y sin olor", relata. "También me impactó lo sensible que es y la responsabilidad que tiene sobre muchas cosas de mi vida. No solo en la comida; también en mi ánimo, sistema inmune y hormonas".

En su búsqueda, Enders se topó con un caso muy similar. Un hombre había sufrido su misma enfermedad tras tomar antibióticos y ella los había ingerido dos semanas antes de que surgiera la primera herida. Desde ese momento, empezó a tratar su piel como si estuviera enferma del intestino: dejó los lácteos, se alimentó de manera más sana y, con un par de trucos, logró dominar su enfermedad. "Cuando leía acerca de este tema, muchas veces pensé: '¿por qué nadie sabe acerca de esto? ¿Por qué tengo que ser una estudiante de Medicina en mis veintitantos años para leer estas cosas?'. Sentí que la gente necesitaba saber las investigaciones recientes sobre el tema, especialmente si se trata de algo tan cotidiano".

Tras entrar a estudiar Medicina, Enders confirmó la escasa atención que recibe el vínculo entre el intestino y el cerebro. En contraste con el corazón y el propio cerebro -que gozan de gran reputación- nuestro tracto gastrointestinal suele ser menospreciado como un tubo que expulsa excrementos y suelta uno que otro gas. Una simplificación injusta, si tenemos en cuenta la importancia de sus roles: el intestino interviene en dos tercios de las actividades del sistema inmunitario, produce más de veinte hormonas propias y dispone de una compleja red nerviosa solo comparable a la del propio cerebro. El tema se convirtió en una obsesión para la alemana e inspiró su conferencia "La digestión es la cuestión" (2012), donde teorizó acerca del modo en que el intestino influye en nuestra salud y bienestar. La exposición ganó el primer premio del Festival Science Slam en Friburgo, Berlín y Karlsruhe, y fue un éxito de visitas en YouTube.

El segundo paso fue llevar su investigación al papel. Escrito con un lenguaje ameno y no exento de humor, el libro homónimo -disponible en Chile a través de Ediciones Urano- indaga en los secretos del órgano más infravalorado del cuerpo humano y ya vendió un millón y medio de ejemplares solo en Alemania. Algunos datos sorprenden y cuestionan nuestros hábitos. Por ejemplo, la posición que tomamos al sentarnos en el inodoro es incorrecta porque, en esa postura, nuestro aparato de oclusión intestinal no está concebido para abrir totalmente la "escotilla". Este exceso de presión sobre el intestino sería uno de los causantes de las hemorroides, el estreñimiento o la diverticulitis. En contraste, la posición correcta para evacuar es ponernos en cuclillas (o, en su defecto, sentarnos en la taza, colocar los pies sobre un taburete e inclinar ligeramente el tronco hacia delante).

"En Alemania este tampoco es un tema fácil", admite Enders. "Me puse muy feliz cuando la gente me escribió que no podían creer que su abuela católica pusiera el libro en medio de la comida del domingo y dijera: 'Creo que debemos hablar acerca de este libro del intestino. ¡Hoy descubrí que me he sentado equivocadamente en el toilet durante 74 años!'. La risa es una gran herramienta para dejar ir la falsa vergüenza. Y si tu curiosidad es recompensada con un mayor conocimiento de tu cuerpo y tu vida, creo que esa vergüenza prácticamente se desvanece".

La mujer que sabe hablar sucio

El manifiesto de Enders sobre el intestino es también una propuesta para que los lectores celebren los logros de las partes bajas del cuerpo antes que pedir disculpas por ellos. Por ejemplo, un eructo o un pedo puede ser considerado un acto grosero pero el movimiento que requiere de nuestro intestino es "tan elegante como el de una bailarina de ballet". Nos quejamos cada vez que algo nos cayó mal y tenemos que vomitar pero, en realidad, deberíamos agradecer a nuestro cuerpo sobre la "magistral performance " que realiza para protegernos.

El libro también revela datos sorprendentes. El intestino delgado, por ejemplo, es un órgano muy eficiente y trabajador que se limpia de forma autónoma una hora después de digerir el alimento. Los científicos llaman a este proceso "complejo motor migratorio" o, en un lenguaje más coloquial, la "pequeña ama de llaves". Lo curioso es que nosotros escuchamos a esta ama de llaves a diario: es el gruñido del estómago que emerge cada vez que nos suena la "guata". Este sonido proviene, sobre todo, del intestino delgado, y no es porque tengamos hambre, sino porque solo hay tiempo para la limpieza entre digestión y digestión.

Tal como relata Enders en su libro, el intestino es un actor vital en múltiples funciones de nuestro cuerpo. Pero, quizás, la más importante sea su estrecho vínculo con el cerebro. Este último es un órgano muy aislado y con una membrana muy gruesa para filtrar cada gota de sangre antes de nutrir a sus células. Por lo tanto, necesita saber qué estamos haciendo para generar un determinado estado de ánimo. "Nuestro intestino tiene información muy relevante para eso", señala Enders. "No solamente conoce todas las moléculas de nuestras comidas, sino que también lo que realizan dos tercios de nuestro sistema inmune y la actividad de 100 trillones de bacterias".

El eje "intestino-cerebro" se comunica de forma bidireccional a través del nervio vago y, también, mediante su sistema inmune y hormonas. Por eso las bacterias intestinales guardarían una estrecha relación con las enfermedades psíquicas, además de las alergias y el sobrepeso. Según Enders, solo sabemos algunas piezas del puzzle. "Por ejemplo, las personas con enfermedades inflamatorias crónicas del intestino o el síndrome de intestino irritable tienen un riesgo más alto de tener trastornos de ansiedad o depresión", apunta. "En este momento, se necesita más investigación para precisar el alcance de lo que el intestino puede influir en nuestro cerebro".

El dolor de guata

En los últimos años, la medicina empezó a darle importancia a los microorganismos que habitan en nuestro intestino, los que no solo afectan su fisiología, sino que también la de muchos otros órganos, incluyendo al sistema nervioso central. Uno de los estudios preliminares que Enders menciona en su libro fue el del "ratón nadador", liderado por el investigador irlandés John Cryan, el año 2011. Tras colocar a roedores en pequeños recipientes con agua, Cryan y su equipo alimentaron a la mitad de ellos con la bacteria "Lactobacillus rhamnosus JB-1", que se sabe que cuida el intestino. Los ratones con el intestino "tuneado" por esta bacteria no solo nadaron durante más tiempo y más confiados, sino que en su sangre también se registraron menos hormonas del estrés.

En los seres humanos, la influencia que ejercen las bacterias intestinales en nuestro estado de ánimo también es muy relevante. Una de ellas se puede comprobar a través de la percepción del dolor visceral o comúnmente llamado dolor de estómago o de guata. "Ante una situación incómoda como esa, la persona no solo se siente que tiene que reposar, sino que también el ánimo decae considerablemente, incluso perdiendo el interés por realizar cosas que habitualmente le puedan parecer placenteras", señala el doctor Javier Bravo, profesor del Instituto de Química de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV), Investigador Principal Fondecyt y colaborador de John Cryan durante cuatro años. "En este mismo sentido, un malestar intestinal causado por una infección bacteriana como las que ocurren por ingerir alimentos mal preparados, no solo va a producir los efectos del dolor de guata. También activa a la respuesta inmune, la que por su cuenta va a activar al nervio vago, y el cual a su vez activa al eje hormonal del estrés".

En los últimos años, Bravo y su equipo se han centrado en estudiar los efectos de alteraciones en la microbiota intestinal sobre nuestra conducta. Por eso, el mejor consejo es mantener una dieta balanceada. "La dieta y estilo de vida son factores determinantes. Hay que tener cuidado con tratar de remediar malos hábitos o atracones de comida haciendo uso de productos o dietas con el apellido 'detox'. Son productos de moda que no tienen respaldo científico", recomienda Marcela Julio-Pieper, académica del Instituto de Química de la PUCV e investigadora del grupo de NeuroGastroBioquímica de la misma casa de estudios. "Recordemos que en una persona sana existen órganos, como el hígado, que se encargan de la detoxificación, entonces no es necesario usar un producto o dieta para desintoxicar el intestino. Si existe la inquietud, lo mejor es asesorarse por un nutricionista".

De acuerdo a la doctora Enders, las personas con enfermedades inflamatorias crónicas del intestino o el síndrome de intestino irritable, tienen un riesgo más alto de tener trastornos de ansiedad o depresión.

El eje "intestino-cerebro" se comunica de forma bidireccional a través del nervio vago y, también, mediante su sistema inmune y hormonas. Por eso, las bacterias intestinales guardarían una estrecha relación con las enfermedades psíquicas, además de las alergias y el sobrepeso.

 
Publicado en: 
El Mercurio por Guillermo Tupper