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Publicado el

10 de Diciembre de 2016

Temática

bajo licencia Creative Commons / www.ansiedad.net
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En el mundo, una de cada tres personas -o más de 2 mil millones- sufre alguna forma de malnutrición. Se estima que 150 millones de niños menores de 5 años tienen problemas de crecimiento debido a dietas pobres. Al mismo tiempo que 1,9 mil millones de personas tienen sobrepeso y, de ellas, 600 millones son obesas.

Las cifras abruman y parece que el mundo pasara directamente desde la desnutrición a la obesidad, lo que le cuesta a la economía planetaria 3,5 billones de dólares al año. Por eso la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) reunió la semana pasada a representantes de todo el mundo en Roma, Italia. El objetivo: cómo mejorar la relación que tiene el planeta con la comida, desde los campos hasta la mesa.

José Graziano da Silva, director general de la FAO, advirtió en la inauguración de la reunión que ningún país es inmune a este problema. Sus costos humanos, sociales, ambientales y económicos son "abrumadores". La nutrición debe ser considerada una responsabilidad del Estado, agregó.

Pero la solución es compleja. Desde qué, cuándo y dónde cultivar; qué procesar, cómo distribuir, cómo vender y hasta educar a la gente para que se alimente adecuadamente debe planearse. Por ello, y adelantándose a la cita, Lawrence Haddad, director ejecutivo de la Global Alliance for Improved Nutrition, y Corinna Hawkes, directora del Centro de Políticas de Alimentación de la City University de Londres, publicaron en la revista Nature una lista de estrategias para acercarse a dicha solución.

"Las malas dietas son responsables de más enfermedades que los problemas que causan el sexo irresponsable, las drogas, el alcohol y el tabaco combinados", asegura el análisis. Por ello los esfuerzos internacionales contra la malnutrición deben ser comparables a los que se llevan a cabo para derrotar al sida, la malaria y el tabaquismo.

"En términos nutricionales, lo que está ocurriendo a nivel mundial se denomina doble carga, donde países enfrentan la desnutrición y problemas asociados como la anemia, y el exceso de peso", explica Marcia Erazo, jefa del Programa de Nutrición de Poblaciones del Instituto de Salud Poblacional de la U. de Chile. Incluso hay países en África donde prácticamente no hay población normal desde la perspectiva del peso, agrega.

Se ha observado que se pasa muy rápidamente desde el déficit al exceso, lo que tiene que ver con la inseguridad alimentaria. "A medida que se sale de la pobreza, se sigue con el mismo temor de no tener qué comer la próxima vez, por lo que se consume todo lo disponible", explica. Por ello se debe educar para eliminar la percepción de que la mayor ingesta de alimentos es sinónimo de salud.

Parte de las metas que plantea el análisis publicado en Nature es justamente hacer públicos cada vez más datos sobre las costumbres al comer. Actualmente es difícil comparar las dietas de las distintas culturas, puntos geográficos y épocas, asegura el texto, lo que ha dificultado un consenso global sobre lo que debería ser un menú saludable.

Los frentes son múltiples. Si bien Chile tiene menos de 2% de niños menores de 5 años con desnutrición -el menor porcentaje de Latinoamérica-, el 9,5% de ese grupo etario es obeso. "Esto se condice con la transición que ocurre en la mayoría de los países que se vuelven industrializados", explica Camilo Aburto, académico de Nutrición y Dietética de la Universidad Andrés Bello.

"Islandia logró pasar de una alta tasa de obesidad a tener números normales, y eso tuvo que ver con políticas públicas", agrega.

La gente no elige nutrientes, sino que combinaciones de comidas en distintas cantidades, dice el estudio. "Relacionar alimentos con enfermedades es la base para analizar los factores de riesgo, pero dice muy poco de las dietas".

Desde la tierra

Pero lo que termina en la boca tiene que ser cultivado, y dado el aumento de la población, la disminución de suelos agrícolas y el cambio climático, la tarea es cada vez más compleja.

La visión de que la solución está en un solo tipo de agricultura es errada, asegura Rodrigo Figueroa, decano de la Facultad de Agronomía e Ingeniería Forestal de la Universidad Católica. Especialmente si se tiene en cuenta que la gente suele asociar lo orgánico con lo saludable, cuando no siempre es así.

"Es necesario diversificar la mirada e incluir todas las posibilidades, no solo la agricultura orgánica, sino también la tradicional y los transgénicos, para atacar el problema a nivel global", asegura. Y esa mirada múltiple debe darse también desde la ciencia.

Por ejemplo, el 45% de los fondos privados destinados a la investigación se concentra en un solo cultivo, el maíz. "Hay muchos otros productos, y sobre todo locales, de los que se sabe muy poco", dice. Cómo hacer esos cultivos más resistentes a las plagas, al cambio climático o aumentar su eficiencia será la clave para lograr alimentar bien al mundo.

En ello también será fundamental el desarrollo de tecnología. Lograr una producción sustentable y que sea accesible a todos depende de ella, dice el académico.

"El cambio climático nos está desafiando a mirar cómo nos vamos a mover. Por ejemplo, hoy en Valdivia hay fruticultura donde antes solo había ganadería", dice.

Pero el cambio del clima no es lo único que hay que enfrentar. Diversas investigaciones muestran que la tercera generación de personas que ha migrado del campo a la ciudad pierde el conocimiento culinario de sus raíces, dice Marcia Erazo. "No saben cómo cocinar leguminosas. Por eso no solo se debe educar sobre los beneficios de consumirlas, sino también apoyar en la técnica para prepararlas", asegura.

Cuando la gente deja el campo y vive en la ciudad, más del 50% de la población lo hace, pierde la noción de que los alimentos se producen y que cuesta hacerlo, agrega Rodrigo Figueroa. "La educación de las personas también tiene que enfocarse en entender que un pollo no nace en el supermercado", opina.

Se estima que si se siguen las directrices de dieta de la OMS,

la mortalidad global se reduciría entre 6% y 10%, y las emisiones contaminantes provenientes de la producción de alimentos, entre 29% y 70% para 2050.

 
Publicado en: 
Lorena Guzmán, El Mercurio