Publicado el

03 de Septiembre de 2016

Temática

Foto: Chile Vive Sano
Foto: Chile Vive Sano

¿Qué tienen en común el atleta Emil Zátopek, el personaje Forrest Gump o el escritor Haruki Murakami? Corren. Corren para perder peso o perder la conciencia, para ganar tonicidad o ganar sabiduría. Una serie de libros dan cuenta de esta afición, obsesión, moda, enfermedad o arte.

En algún estadio evolutivo, posiblemente poco después de la separación entre humanos y chimpancés, el hombre (y la mujer) pasó a ser, además de implume, bípedo. Eso le permite caminar y correr, aunque es un velocista desdeñable comparado con la mayor parte de los cuadrúpedos. Sin embargo, es resistente. Si es hábil, puede escapar de sus depredadores; si es tenaz, puede cazar por agotamiento. Todo indica que el hombre empezó a correr por necesidad: para comer o para evitar ser comido.

¿Cuándo se convirtió en una forma de recreación? Nadie lo sabe con seguridad, pero existieron carreras en Egipto casi cuatro mil años antes de nuestra era. Y, casi dos mil años después, una carrera era el gran (y por mucho tiempo el único) evento de los Juegos Olímpicos de la Antigua Grecia. Con todo, en Correr es una filosofía, la italiana Gaia De Pascale insiste en que es en los años sesenta del siglo XX cuando se empieza a correr por diversión, con el jogging. Pues correr, con variantes menores, adquiere distintas denominaciones en inglés: running, jogging, footing.

En su libro, De Pascale hace un “recorrido” por episodios, personajes, ejemplos históricos, literarios o mitológicos de corredores famosos por una u otra razón: desde la historia de Kuafu, un joven chino que persigue al sol para atraparlo y salvar al mundo, hasta las de estrellas de las disciplinas más extremas: el skyrunning (carreras de resistencia de gran altitud) y el ultratrail. Son figuras como Kilian Jornet o Marco Olmo, ambos ganadores en distintos años de la carrera del Mont Blanc, 166 kilómetros, con un desnivel de 9.400 metros, sin paradas: la vuelta completa al Mont Blanc. Olmo lo logró en 2005, a los 58 años de edad. 

No falta Filípides, el mensajero que llevaba noticias a Atenas de la victoria sobre los persas en Maratón, quien después de recorrer los 42 km cayó muerto. Ni Forrest Gump, ni historias como las del atleta estadounidense Jesse Owens, Emil Zátopek, la “locomotora humana”, o Dean Karnazes, quien en 2006 corrió 50 maratones en 50 días. 

Junto con ciertas cápsulas de filosofía cretina (“En la carrera vivida como liberación y plena expresión de uno mismo, lo único que realmente cuenta es el recorrido”), entrega también ejemplos de superación: Giusy Versace, quien perdió las dos piernas en un accidente de auto y decidió empezar a correr con prótesis (ella tiene el récord italiano en 100 y 200 metros). Siempre, en todo caso, son edificantes: nada dice de Oscar Pistorius, el ex-atleta paralímpico sudafricano, condenado por el asesinato de su novia.

También reseña una serie de rarezas: una carrera nudista; una hacia atrás y otra a 1.600 metros de profundidad (en una mina de sal). 

En Japón

Adharanand Finn es un periodista británico y es también un aficionado a este deporte, al que le preocupa cómo mejorar. En su primer libro, Correr con los keniatas (2012; Ediciones B, 2013), quiso descubrir qué los hacía tan rápidos y se trasladó del Reino Unido a un pequeño poblado de Kenia, junto con su familia. Se sumergió en la vida de los atletas, comió su comida, durmió en sus campos de entrenamiento, corrió con ellos. Luego, a punto de cumplir 40 años, Finn se embarcó en otra misión (también con su familia): explorar la compleja y contradictoria cultura de correr japonés.

“Algo está ocurriendo en Japón”, dice en La senda del corredor. Desde fuera, puede que no se note: todas las grandes carreras de largo aliento del mundo son ganadas por keniatas y etíopes. Pero en 2013, el año en que transcurre su libro, Finn cuenta que sólo seis de los cien corredores de maratón más rápidos del mundo no eran de África. Cinco de ellos eran de Japón. El mismo año, ni un solo atleta británico y sólo 12 estadounidenses llegaron a la meta de la maratón en menos de dos horas y 15 minutos; en Japón lo hicieron 52 personas. Y en el medio maratón, los japoneses son aún más fuertes.

El objetivo de Finn fue formar parte de un equipo de ekiden, una carrera de relevos de más de 200 kilómetros, muy famosa en Japón. Es un deporte que tiene el apoyo de empresas y es administrado y dirigido con disciplina militar. Finn no logró adentrarse en ese mundo de la manera que lo hizo en África y pareciera que su familia tuvo más dificultades para integrarse en la sociedad nipona que en la keniata. Una de las barreras fue su desconocimiento del idioma, pero, más importante, fue la cerrada insularidad de los propios japoneses y su cultura, tan distinta a la occidental, con contrastes entre lo ultramoderno y lo tradicional.

A Finn le preocupan los secretos de la velocidad, pero incidentalmente presenta aspectos de la vida de ese país: jóvenes comunes y silvestres cuyas carreras diarias de entrenamiento comienzan a las cinco y media de la mañana. O su dificultad para sentarse el suelo; o su preocupación por no ofender. 

Entre las lecturas de Finn en Japón estuvo Haruki Murakami. Pero una de sus novelas y no De qué hablo cuando hablo de correr, esa especie de memoria del escritor japonés, autor de obras inolvidables como..., bueno, esa especie de memoria del escritor japonés sobre su experiencia de correr. En 1982, a los 33 años, “la edad a la que murió Jesucristo” y “más o menos a la edad en la que comenzó el declive de Scott Fitzgerald”, dice Murakami, se inicia como novelista. El problema que lo acuciaba era cómo mantenerse en forma. Se puso a correr y, desde entonces, ha participado en al menos una maratón por año. Alguna vez hizo el camino inverso de Filípides, desde Atenas a Maratón, pero en el tórrido verano griego. Cuando escribe su libro, en 2005, dice que corre un promedio de 10 kilómetros por día, seis días a la semana. En 1996 corrió una ultramaratón de 100 kilómetros. Y practica triatlón.

“En mi caso”, dice, “la mayoría de lo que sé sobre escribir lo he ido aprendiendo corriendo por la calle cada mañana”. ¿Y qué ha aprendido? Cosas como: “No soy humano. Soy una pura máquina. Y, como tal, no tengo que sentir nada. Simplemente, avanzo”. 

Zátopek

El libro Correr, de Jean Echenoz, sobre el corredor checoslovaco Emil Zátopek (1922-2000), es una novela, pero podría ser una biografía. Aborda desde sus métodos (dividir una distancia en otras más pequeñas para correrlas a más velocidad, con una pequeña recuperación entre ellas) hasta sus logros: sus récords mundiales y sus tres medallas de oro por haber ganado los 5 mil metros, 10 mil metros planos y el maratón en los JJ.OO. de Helsinski, en 1952 (la única persona que ha ganado las tres pruebas en una misma versión). Y su manera de correr, agónica, que no se centraba en la técnica ni en el estilo, avanzando de forma discontinua, torturada: “No oculta la violencia de su esfuerzo, que se trasluce en su rostro crispado, tetanizado, gesticulante”.

Zátopek empieza a correr durante la ocupación alemana, alcanza su apogeo bajo el comunismo. Años después de retirado, durante la Primavera de Praga de 1968, habla a favor de la democracia y la liberación de Checoslovaquia. Lo expulsan del ejército, es obligado a trabajar en una mina de uranio; después, para humillarlo, le dan un puesto de basurero, pero sus compañeros no lo dejan recoger basura; mientras trota detrás del camión, las personas lo reconocen y lo aplauden. “No ha habido en el mundo basurero tan aclamado”.

Publicado en: 
La Tercera por Marcelo Tapia