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22 de Enero de 2017

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Bajo licencia Creative Commons / www.suravisos.com
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Familias destinan 9% de su presupuesto de alimentos a jugos, bebidas azucaradas y light. Estudio de la U. del Bío Bío y el Minsal también advierte que se gasta lo mismo en dulces que en frutas.

En Chile, el acceso familiar a una dieta saludable, con frutas, verduras, legumbres y lácteos, se relaciona directamente con el ingreso del hogar. Las familias más pobres (ubicadas en los primeros quintiles) gastan casi la mitad del monto que destinan mensualmente en alimentación sólo a pan (23%) y carnes (22%). En el otro extremo, las familias con más ingresos destinan esa misma mitad a pan y cereales (16%), carnes (20%) y productos lácteos, queso y huevos (13%).

Así lo establece el estudio Consumo Aparente de Frutas, Hortalizas y Alimentos Ultraprocesados, de la U. del Bío Bío y del Departamento de Nutrición y Salud Pública del Ministerio de Salud (Minsal).

El trabajo analizó los resultados de la última Encuesta Nacional de Presupuesto Familiar (EPF) 2011-2012, del INE, e indagó sobre el consumo de alimentos por quintiles de ingreso. Según esta encuesta, en el Gran Santiago (GS) las familias destinan el 20% de su gasto a alimentos, y en regiones, el 17,8%.

El gasto más alto se da en carnes, pan y cereales, hortalizas y productos lácteos. Las menores ponderaciones son en legumbres, pescados, aceites y grasas (ver infografía).

Uno de los ítems en el que más se gasta es en bebidas no alcohólicas (que incluye jugos y bebidas azucaradas y light), que alcanza el 9% del gasto, el que incluso, en los quintiles intermedios, supera el 10%, muy por encima de otros alimentos, como las legumbres, que salvo en el primer quintil, no supera el 1% del presupuesto familiar, o las frutas, que no sobrepasa el 5%, lo que les impide cumplir con la recomendación de cinco porciones al día.

Para Fernando Vio, académico del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (Inta), la alimentación de las familias de menores ingresos no se regula sólo por el alto costo de los alimentos sanos. Por ejemplo, dice, en el caso de las bebidas que tienen un alto consumo en los quintiles más bajos, por el valor de una bebida mediana se puede comprar un kilo de fruta. O por el precio de un kilo de pan se pueden consumir dos kilos de frutas. “Que la comida saludable es cara, no es así”, dice.

Chile tiene una producción permanente de frutas y verduras, indica el experto del Inta, a lo que se suman las más de mil ferias libres presentes, incluso, en regiones aisladas. “Pero la gente prefiere comer pan, el alimento básico de la población. Si no hay pan, no funciona la casa, y segundo son las bebidas gaseosas”, advierte.

Eso se debe a una raíz cultural muy arraigada. La presencia del pan, explica Vio, quedó afianzada en las crisis económicas que el país tuvo a mediados de los 70 y 80. “La gente se alimentaba de pan y azúcar. Todo lo relacionado con la marraqueta tiene un contenido emocional. La gente dejó de tomar agua de la llave y prefiere las bebidas gaseosas, porque da más estatus. No tener bebidas para recibir a alguien es mal visto, lo mismo ocurre con la pastelería”.

Lorena Rodríguez, jefa del Departamento de Alimentos y Nutrición del Minsal, una de las autoras de la investigación, destaca que pese a que Chile es el segundo productor mundial de salmón y el primero en trucha, el gasto en pescados y mariscos alcanza sólo el 3%.

La baja preferencia por productos del mar se vincula a su alto costo. A modo de ejemplo, dice el estudio, si se compara un corte de carne de vacuno, como lomo liso (a unos $ 10.500 pesos el kilo, según la investigación) con un kilo de salmón ($ 16.800), el pescado resulta mucho más caro.

Factor económico

La mayoría de los países con poblaciones de mejor nivel económico y educativo tienen una alimentación más saludable, dice Rodríguez. “Algunos alimentos pueden ser más caros, porque son procesados y cuentan con bajos niveles de sal y azúcar, y ese proceso encarece el producto”, indica la experta del Minsal.

Magdalena Farías, nutrióloga del Centro de Nutrición y Enfermedades Metabólicas de Clínica Las Condes, dice que faltan políticas educativas para enseñar cómo redistribuir las calorías en el día. “Si una familia tiene un presupuesto bajo, por la falta de educación los patrones apuntan a un mayor porcentaje de consumo de carbohidratos y menor consumo de fuentes proteicas, como lácteos y huevos”.

El 95% de la población requiere hacer cambios en su alimentación y más del 65% de los mayores de 18 años tiene sobrepeso u obesidad, dice Rodríguez. En ese contexto, agrega, se entiende la nueva Ley de Etiquetado de Alimentos, que introdujo cambios en las etiquetas y busca, además, disminuir la publicidad dirigida a niños.

Para Vio, la principal carencia es que el tema de alimentación no se enseña. “No está ni en el currículo ni en las normas de funcionamiento de las escuelas, y los niños comen todo el día en los colegios”.

Rodríguez reconoce que se necesitan cambios en el entorno escolar y modificar la dieta. Pero son procesos lentos. “Esperamos que en el mediano plazo cambien hábitos y en el largo plazo bajen los índices de obesidad, pero no antes de cinco a 10 años. Si los niños viven en un entorno saludable, van a tener hábitos más sanos”, dice.

AB Chile, organismo que reúne a las empresas de alimentos y bebidas, declinó referirse al tema por no conocer el estudio.

Publicado en: 
Paulina Sepúlveda, La Tercera